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La verdadera gratitud se demuestra a Tiempo

A veces las instituciones caminan mirando solo al frente y se olvidan de saludar a quienes abrieron camino. No es reproche, es memoria: sin importa la ideología política, alguien tuvo que sembrar cuando el terreno era pura cáscara y esperanza.

Honrar a los que creyeron cuando todo era maqueta y sueño no es un adorno, es justicia sencilla. Don Marco no fue de los que hablan bonito y ya; él se remangó y puso hombro, mesa y lápiz. Soñó con una universidad y la trabajó a pulso, entre actas, reuniones y madrugadas de café. Mientras otros dudaban, él hacía fila en oficinas y tocaba puertas que luego serían aulas. Por eso, cuando se ven a tantos jóvenes cruzar esos pasillos, se siente que su nombre anda por ahí.

Anda en el eco de los timbres, en la biblioteca llena y en el patio que se vuelve foro. Sería digno pronunciarlo en voz alta, sin timidez, con ese respeto de sombrero en mano. Porque agradecer a tiempo es más que un gesto agradable: es reconocer de dónde venimos.

Un reconocimiento oficial no es un favor caído del cielo, es un deber que huele a responsabilidad. Las autoridades pasan, la historia se queda, y la historia escribe los nombres de los que hicieron. La memoria no se inaugura con cintas ni se enciende con discursos largos que nadie recuerda.
La memoria se construye en vida, con abrazos, con un acta que diga: aquí hay gratitud. A Don Marco Cortes Villalva hay que nombrarlo sin abreviar, con sus dos apellidos y la frente en alto. Que no lo encierren solo en una placa póstuma, fría como pared recién pintada.

Que lo inviten, que se siente en primera fila y escuche su propio aplauso sin sorpresa. Que alguien le entregue un reconocimiento y le tiemble la voz del orgullo bien puesto. Porque lo justo llega a tiempo o se vuelve deuda que pesa como piedra en el bolsillo. Y nadie quiere caminar el futuro debiéndole al pasado más de la cuenta.

Ojalá este llamado no se haga humo entre trámites y agendas que todo lo atrasan. Ojalá las voces de quienes lo vieron luchar lleguen claro a la mesa donde se decide. Todavía estamos a tiempo de decir gracias mientras él puede escuchar y devolver la sonrisa.

En vida, todo: la foto, la carta, el aplauso, el brindis sencillo después del acto. A Don Marco Cortés hay que agradecerle ahora, cuando el corazón todavía cosecha orgullo. Que se estreche su mano, se le mire a los ojos y se diga sin titubeo: gracias por todo. Que la universidad que ayudó a levantar y las obras que el hizo, cuando fue alcalde de nuestra ciudad, lo reconozcan con nombre y apellido, sin burocracia. Porque las obras no nacen solas; las levantan personas con paciencia y terquedad.

Y si hoy los muchachos entran a clase sin saber su historia, que aprendan con ese homenaje. Por eso en necesario decir ¡Gracias Don Marco Cortés, gracias a todos que lucharon por Quevedo, e hicieron todo posible!

Crónicas Quevedeñas